Otros espacios para la muerte. 1989-2020

Este trabajo consiste en una serie de fotos, en proceso, que llevo realizando desde el año 1989 de los cenotafios de carretera contemporáneos donde lo publico es privado y viceversa. En un principio eran para mí en un ritual que conseguía banalizar la muerte aunque tuviera intento de sacralizarla. Hoy me interesa sobre todo como acción pública espontánea e ilegal, que en plena época de escepticismo, consigue burlar las leyes gracias a los símbolos de la muerte. 

Hubo una época sobre los años 60 y 70 donde estos monumentos eran más comunes de lo que son hoy en día, cuando los coches se clonaban con rapidez y el concepto de trayectividad empezaba a tener futuro en las carreteras españolas.
He ido buscando otros monumentos conmemorativos de iguales características y es sorprendente como en la actualidad, esta manifestación solamente se da (o de una manera numerosa y no casual) entre los muertos en carretera o accidentes de circulación, quizás un acto intuitivo aprendido de nuestra cultura romana, en donde ya las sepulturas estaban en vías y caminos.
La imagen de la ciudad, en otros tiempos, era la imagen cotidiana de la muerte, se localizaba en terrenos apenas diferenciados de la vida ciudadana. En el mundo clásico los enterramientos intramuros se solían hacer en los márgenes de caminos o terrenos cercanos a ellos, el roce con la muerte era continuo. En la Edad Media las tumbas estaban desprotegidas, en la naturaleza y a la vista de los viajeros; esta idea dejó de ser conciliable con el auge que el cristianismo iba tomando y mas tarde sólo los muros de las catedrales, conventos o iglesias garantizaran la salvación de los difuntos.
No sé si la idea de convivir muertos y vivos era una buena manera de que perduraran en la memoria, o por el contrario de reafirmar el sentido efímero de la vida humana.
Las nuevas leyes de carreteras españolas y los arreglos de éstas, sobretodo de las secundarias, han ido acabando con muchos de los cenotafios, pero todavía quedan algunos antiguos y otros que se hacen en la actualidad. Hoy, donde ya no se muere de vejez sino de algo y el concepto que tenemos de la enfermedad y de la muerte es precisamente su negación, se construyen también estos monumentos conmemorativos que tienen más que ver con los enterramientos primitivos o del mundo clásico, como vemos, que con la muerte seriada, como dice Rodríguez Barberán, ofrecida hoy en día como objeto de comercio y consumo.
A pesar de esta sofisticación en la idea de la muerte, no se aprecia formalmente el paso del tiempo entre los primeros cenotafios y los que se hacen hoy. Quizás porque acepten su condición de realizaciones utópicas tienen un estilo propio de sublimar a través de los símbolos.
Me interesan los sentimientos populares que se manejan con estos símbolos, las creencias y la espiritualidad de una manera práctica e íntima y a veces inconsciente, a lo largo de todos los tiempos.
En los primeros epitafios que se encuentran (siglos XIV- XV) hay muchas peticiones de oración dirigidas a los caminantes, no van dirigidas a los familiares, este sentimiento no existía todavía, sino al caminante forastero o paseante casual que se encuentra la tumba en su camino. Por eso los familiares buscaban lugares muy frecuentados y así lo sacralizaban.
El concepto que hoy tenemos de la muerte se asocia, en su parte formal, a la parafernalia del enterramiento y al cementerio, un reducto para la muerte y los símbolos, pocas veces volvemos al cementerio después del entierro. Desde el punto de vista antiguo si la plegaria o el recuerdo son algún aval para la otra vida, los cenotafios de carretera cumplen su función mejor que la del propio cementerio. La relación entre lo conmemorativo y lo escatológico ha estado compitiendo durante todos los tiempos. Hubo una época donde ni siquiera era importante que coincidiera la tumba con el lugar del cadáver.
Los argumentos religiosos, históricos o legales acabaron subordinándose a una cuestión de salud pública e hicieron los primeros cementerios, esto les interesó a los arquitectos que junto con los artistas se les encarga dar forma a los espacios de la muerte. En el siglo XIX, con el romanticismo, hay una tendencia, casi escenográfica, a recrear los enterramientos en la naturaleza y en los caminos. Por primera vez, conscientemente, se pensó en el punto de vista de los vivos, los cementerios dejaban de ser espacios sólo para la muerte. Por primera vez se detenían espectadores, a los cuales la idea del fin les sugestionaba con gran fuerza.
Como vemos, también los enterramientos han tenido modas, se consigue acabar con lo primitivo y los cementerios se dotan de una construcción propia planificada, la muerte se llega a negar, a ocultar escondiéndose cada vez más de ritos y símbolos.
Pero existe todavía la necesidad de estas instalaciones espontáneas construidas por familiares, que afectados por una muerte traumática parecen traducirla como un error o castigo y se esfuerzan por negarla, elaborando algo mítico para inmortalizarla y que desde luego se escapan de la mecánica mercantil.
Exactamente lo que hoy caracteriza a los cenotafios de carretera es que son los únicos símbolos de la muerte cotidiana que conviven con nosotros, aunque hoy, lejos de la poética romántica nos parecen macabros, desde la idea de que lo aislado toma un aspecto de singularidad los familiares tratan de trasmitirnos esa singularidad en sus construcciones, por eso los cenotafios de carretera no dejan de existir. No es fácil para una cultura como la mediterránea adoptar una aptitud ante el hecho físico de la muerte tan lejana a su idiosincrasia.
Estos ocupas de espacios públicos, como para recordarnos que el hombre es mortal y quizás para avisar a los demás viajeros del punto justo donde la vida te puede traicionar, construyen símbolos de peligro y de recuerdo, fabricados de plásticos imperecederos y materiales modernos, al más puro estilo de popular, que ofrecen al viajante ocasional un punto de referencia, de magia ecléctica, para reflexionar sobre la funcionalidad en el hecho de vivir y proyectarla a otras generaciones. Toda la iconografía de la muerte no ha sido a lo largo de los tiempos solamente una manera de provocar miedo o de invitar al desprecio del mundo, es, como dice Philippe Ariès el signo del amor apasionado por el mundo terrestre y de una conciencia dolorosa del fracaso al que está condenada cada vida de hombre.

Bibliografía: . "Los cementerios en la Sevilla contemporánea", Fco. Javier Rodríguez Barberán. "El hombre ante la muerte", de Philippe Ariès "El hombre y la muerte" de Edgar Morin